jueves, 15 de diciembre de 2011

Reflexión

Dicen que la vida son dos días y parece que es verdad. Yo los prefiero vivir junto a mi familia, mi gente y como no, mi playa, pues cada instante con mi entorno es único y no vuelve; la vida está llena de idas y venidas, de estrés y de no tener tiempo para nada; de viajes, de libros poemas y palabras, de historia e historias, de baños y nevadas, de soledad y compañía, de obligaciones y responsabilidades pero también de tiempo de ocio; de experiencias y de conocer a más gente cada día y olvidar a aquellas que ya no son ni conocidas; se crea un vacío para rellenarlo con un todo que engloba una pizca de nada y todo a la vez; andamos y no nos paramos, creamos un camino a cada paso y de vez en cuando nos damos la vuelta para mirar lo recorrido, pero el bueno mirar al frente, porque si no, nos chocamos contra un árbol o algo peor; nos asomamos para descubrir otra senda y tomamos decisiones importantes en la vida que marcan el curso de los años siguientes y jugamos con el destino a un juego de azar en el que llevamos normalmente las de perder; tentamos a la suerte para comprobar que existe y nos revelamos contra nuestro mundo inerior, nuestra personalidad y a veces contra Dios o echándole la culpa a quien no la lleva; son cosas cotidianas de la vida de las que no nos damos cuenta que estamos viviendo, pero que van pasando, van formando nuestro pasado y se van convirtiendo en recuerdo en el transcurrir de los días.

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