El frío helado del norte
Está llamando a la puerta y no quiero abrirle porque hace que se me caiga el moquillo. Me quiero negar a la evidencia de que en breve rozaremos los negativos. En esta noche clermontesa tiene casi la misma apariencia que la media luna; tan fría como la noche y las estrellas parecen no poseer calor. Hace que te den calambres en las piernas y te congela las extremidades tanto como si las tuvieras metidas en cubitos de hielo. Me recuerda al Papa Noel que espero que me visite este año; trae consigo los gorritos, bufandas y guantes, y le abre las puertas a la Navidad, polvorones y turrones. No quiero que el tiempo pase porque no quería creer que podía hacer más frío que en mi casa, que eso de los negativos era una leyenda urbana y que la nieve solo se podía ver en películas, pero a este ritmo, esquiaré en breve y moriré congelada con un cubata en la mano al lado de la fuente inflamable (congelada por supuesto). No lo quiero ni en pintura, prefier bastante antes a su peor enemigo. Es demasiado distante para mí. Solo lo quiero, y en condiciones, en la nevera y congelador; no transmite nada bueno y bloquea los pensamientos. Tengo la sangre demasiado caliente como para soportarlo y la garganta demasiado sensible como para entrar en guerra con él. Hace chasquear los dientes y que te entren escalofríos. El poder tolerarlo más o menos, está en los genes y costumbres.
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